Kitchen in Salamanca fue la primera tienda que diseñé para esta marca, y desde el inicio el local mostró un gran potencial: techos altos, distribución equilibrada y rincones estratégicos para estanterías, despacho o almacenamiento. Gracias a estas cualidades, el espacio no requería grandes intervenciones estéticas; bastaba con resaltar lo mejor del local.
El proyecto se desarrolló bajo una premisa clara: aprovechar al máximo los recursos del propio espacio. Por ejemplo, se conservó el suelo original, reduciendo costes y manteniendo un enfoque de interiorismo sostenible y responsable.
El mayor protagonismo recayó en la iluminación, diseñada cuidadosamente con carriles magnéticos, proyectores orientables, focos de techo e iluminación suspendida decorativa. Cada zona —pasillos, cocinas, baño, vestidor— recibió una iluminación personalizada, adaptando los lúmenes a su función. De este modo, se potencia la exposición de los productos, se crea un recorrido atractivo y se atrae la atención del transeúnte, invitándolo a entrar y descubrir la tienda.
En Salamanca, vender cocinas supone un gran desafío: la competencia es fuerte y existen tiendas con mayor trayectoria y exposiciones más amplias. Por ello, la iluminación se convirtió en un elemento estratégico de venta, funcionando como un auténtico reclamo que mejora la experiencia de compra y fomenta la conversión.
El resultado es un diseño limpio, atemporal y orientado a la venta, que maximiza el potencial del espacio, refuerza la identidad de la marca y ofrece una experiencia de compra atractiva, funcional y memorable para el cliente.
En interiorismo comercial, incluso dentro de una misma marca, cada local es distinto. El diseño debe transmitir la identidad y los valores de la marca sin clonar otras tiendas; debe adaptarse a las particularidades de cada espacio para crear experiencias memorables que atraigan clientes y aumenten las ventas. Cada tienda debe ser un espacio propio, con personalidad y eficacia comercial, evitando repetición.






